2007/12/16

Gu ta gutarrak

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(Nosotros y los nuestros) es un relato de ciencia ficción, en castellano y en clave de humor, escrito por la argentina Magdalena Mouján Otaño y en el que se narra la paradójica conclusión de un viaje de un grupo de vascos en una máquina del tiempo.
Gu ta gutarrak obtuvo el primer premio en el concurso de cuentos de la Segunda Convención de Ciencia Ficción de la República Argentina, en Mar del Plata, en julio de 1968.


En 1970, la revista española Nueva Dimensión publicó el relato en su número 14. A pesar de haber sido presentado éste a Depósito Previo, y de haber sido convenientemente aprobada su distribución, pocos días después el Tribunal de Orden Público ordenó retirar de la circulación el número, pues consideraba que el cuento de Mouján Otaño contravenía el artículo segundo de la Ley de Prensa. Según el fiscal especial que cursó la denuncia, Gu ta gutarrak atentaba contra la unidad de España. Consecuentemente, tras el secuestro cautelar del número 14, se sustituyeron las páginas del relato por varias historietas de Johnny Hart, para poder continuar con su venta. El juicio contra Nueva Dimensión no llegó a llevarse a cabo, pero el caso produjo gran polémica en el fandom internacional. Cien números después, en la edición de julio-agosto de 1979, Nueva Dimensión publicó de nuevo el relato, como recordatorio de estos hechos y a modo de desagravio contra su autora.

GU TA GUTARRAK

De Magdalena Mouján Otaño

Aldiaren zentzunaz euskotarra naiz

(Basko soy, y con sentido del humor)

Los baskos (no es un error, es la ortografía correcta) nada tenemos de racistas. No somos una raza, sino especie. Una especie que al mezclarse con la otra sigue dando como resultado baskos puros. El Evangelio dice algo sobre levadura y mostaza que no recuerdo bien, pero creo que tiene algo que ver con esto. Me basta considerar mi propio caso, pues por la ascendencia me corresponde solo un 50 % de basko, y cada vez que me presentan un francés, el gabacho me pide cuentas por lo de Roncesvalles. (Dicen que los moros nos ayudaron pero no es cierto, hicimos solos la tarea. Y no es cierto que atacáramos a traición, haciendo rodar peñas y provocando avalanchas. Fue de frente, y las peñas las alzábamos en vilo, y cuando faltaban las peñas nos despeñábamos nosotros. Bueno ellos, pero cuando un basko habla, por su boca habla la especie entera.)
Es sabido que cuando un gobierno no nos gusta, emigramos. En general la violencia nos desagrada, somos gente pacífica, enemiga de matar, sobre todo si no es a mano limpia. Generalmente los que emigramos hacemos la América. Ese ha sido mi caso, y Jainkoa (o Jaungoikoa, el Señor que está allá arriba) me ha castigado por haber querido ser tan rico, pues he estado siempre solo. Porque hay que ver que los baskos nacidos aquí son distintos. Debe ser la abundancia de terreno llano y fértil, el basko es montanés, por eso aquí muchos baskos han degenerado convirtiéndose en estancieros, y después en niños bien, gente sin las virtudes de la raza. Si hasta juegan rugby, en lugar de practicar los deportes nobles y tradicionales: hachar o arrancar árboles de cuajo, barrenar piedras, y para los refinados pelota y frontón (a mano, mejor que a cesta o a pala).
Con esto de estar solo he pensado y leído mucho sobre la especie baska, y he sabido que somos un misterio, que nada tenemos que ver con el resto de los habitantes de Europa, que parece que siempre hemos vivido aquí, junto a los Montes Cantábricos, los Pirineos y el mar. Que algunos dicen que descendemos de los atlantes, cosa que no creo, porque Jainkoa no destruiría un continente poblado por baskos. Que siempre tuvimos el mismo estómago fuerte, la misma forma de ser y la misma lengua. Que nuestro especial tipo de sangre ha dado mucho que cavilar. Y que en resumidas cuentas nadie sabe nada sobre nuestro origen, y que lo único que hay sobre esto es una leyenda, la de Aitor y Amagoya, que llegaron a aquel lugar en tiempos muy remotos, y sus siete hijos que fundaron las siete provincias: Zaspiak-bat.
He vuelto muchas veces a la Euskalerria, y mucho la he recorrido aunque no he podido quedarme, pues árbol transplantado soy. He tratado de ver cuanto se ha hallado de nuestros antepasados prehistóricos, y muchas veces he trepado hasta la Gruta de Orio, y mirando aquellos dibujos en sus paredes he pensado que los baskos siempre tuvimos mucho de niños y que siempre hemos sido los mismos.
Tengo parientes en la Euskalerria, pero no me he atrevido a verles, pues hubo un feo lío, cuando la primera Guerra Carlista, entre mi abuelo y el bisabuelo de ellos. He cuidado en mi testamento de dejarles todo lo que tengo. Quizá entre ellos haya alguno con suficiente cabeza como para averiguar algo sobre el origen de nuestra especie.

Todo empezó cuando después de saber que el tío Isidro había muerto en América, sin que ello me entristeciera, Jainkoa me perdone, nunca había visto al tío Isidro; llegó la noticia de que yo era su único heredero. Pensé que ahora podría comprar una barca nueva y corrí a casa de Gregoria, a pedirle que nos casáramos. Luego supe que el dinero era más de lo que yo pensaba y le propuse una locura: pasar nuestra luna de miel en el extranjero. Contra lo que yo esperaba, ella aceptó. Nos casamos en la iglesia de Guetaria y viajamos a Málaga, y luego a Palomares. Estábamos allí cuando chocaron los aviones y se desparramaron las bombas de hidrógeno y tanto trabajo hubo para subir la que había caído al fondo del mar. (La sacaron porque era el Mediterráneo, que en el Cantábrico otra cosa hubiera sido.) Y unos meses después me dice el Doctor Ugarteche:
—Mira Iñaki, mejor que estés prevenido sobre el hijo que esperáis. Gregoria y tú habéis recibido una dosis muy fuerte de radiación. —Y siguió hablando, repitiendo muchas cosas que no entendí y preguntándome otras que son demasiado íntimas para repetirlas, Gregoria la cabeza me partiría.
Xaviertxo (pronúnciese "Shaviercho") llegó muy bien, sólo que tardó once meses. Era un niño muy robusto, que a los tres meses partía una vara de un dedo de grueso con sus manitas. En un basko eso no llama la atención. Pero lo que sí nos extrañó fue que a los cuatro meses hablase el euskera mejor que cualquiera de nosotros, incluido el Padre Lartaun. El Doctor Ugarteche cuando le veía, solía decir cosas no muy comprensibles, repitiendo muchas veces: "mutación favorable". Un día me llamó aparte y me dijo:
—Mira Iñaki, ahora puedo decírtelo. Tu mujer y tú habéis quedado afectados genéticamente para siempre por la radiación recibida. Pero, Jainkoarieskerrak ("gracias a Dios"), parece que ha sido para bien. —Y agregó otras cosas sobre el deber de traer al mundo más críos como ése.
Jainkoa nos mandó seis más: Aránzazu, Josetxo ("tx" se pronuncia como "ch" en castellano), Plácido, Begoña, Izaskun y Malentxo. Todos, Jainkoarieskerrak, sanos y robustos como el que más. Y estos hablaron perfectamente euskera a los cuatro meses, y leyeron, escribieron e hicieron cálculos a los nueve.
Cuando Xaviertxo cumplió ocho años viene Gregoria y me dice:
—Mira Iñaki, Xaviertxo quiere ser físico.
—¿Quiere fabricar bombas? Eso no es cristiano.
—No, Iñaki, dice algo así como que quiere estudiar la estructura del continuo espacio-tiempo.
—Primero tendrá que hacer el bachillerato.
—No, Iñaki, quiere empezar ya a estudiar en la Universidad. Y dice que tenemos que ir pensando lo mismo para Aránzazu y Josetxo, para dentro de poco tiempo, que tendrán que ir a estudiar electrónica a Bilbao. En cuanto a él, le apena irse al extranjero. Pero dice que por ahora estudiará física teórica, y para física teórica, Zaragoza.
—Pero mujer, mira que sólo tiene ocho anos.
—Y qué vamos a hacerle, Iñaki, si superdotado es.
Y siendo superdotado, en Zaragoza le recibieron, y a los trece años era doctor en física. Aránzazu y Josetxo de modo parecido se portaron en Bilbao, y los más pequeños parecían también inclinarse hacia la física o la ingeniería y yo recordaba siempre el testamento del tío Isidro, donde había escrito cuánto le agradaría que alguno de la familia estudiase el origen de los baskos, y pensaba que mis hijos, pese a ser superdotados, no habrían de cumplir el deseo del difunto.
Pronto Xaviertxo nos dijo que tenía que viajar a Francia, Estados Unidos o Rusia para perfeccionar sus estudios. El Padre Lartaun dijo que París no era lugar para un muchacho de su edad.
—En cuanto a Estados Unidos o Rusia, países herejes son, de modo que no sé qué decirte y por otro lado no debes cortar la carrera del pequeño. Lo mejor, Iñaki, es que lo decida la madre.
Por una vez Gregoria no sabía qué decidir, pero al fin tuvo una idea brillante. Se fue a San Sebastián, y con licencia del Padre Lartaun vio todas las películas del Festival Internacional que allí daban. Volvió bastante escandalizada.
Y decidida a enviarle a Rusia, diciendo:
—Allí, por lo menos, mujeres ligeras de ropas no verá.
Xaviertxo pasó cuatro años en Rusia. Lo primero que hizo fue derrotarles al campeón mundial de ajedrez. Los rusos enseguida le pusieron de profesor en Akademgorodok, y los alumnos de Xaviertxo grandes cosas hicieron. Los rusos a Xaviertxo el oro y el moro le ofrecieron con tal de que no les dejara: querían nombrarle Académico, y Héroe de la Unión Soviética, darle el premio Lenín y un palco, de por vida, en el Teatro Bolshoi, pero Xaviertxo no aceptó.
—Mirad, Ama eta Gita (Madre y Padre): no soporto estar lejos de vosotros y del Cantábrico. Además allí te dan grandes laboratorios y muchos ayudantes, todo lo que yo quiera para poder investigar, pero no me dejan trabajar en el problema que más me interesa. Dicen que mis teorías contradicen la Dialéctica de Marx y Engels y que la máquina es una contradicción en sí misma.
—¿Qué máquina, Xaviertxo?
—Una máquina del tiempo. Naturalmente, sólo un proyecto es.
—Pues si te dicen que no la construyas, debes construirla. El que contradice a un euskaiduna lo que hace no sabe —dijo Gregoria muy firme, y en ese mismo momento decidió que Xaviertxo, Aránzazu y Josetxo salieran para Estados Unidos.
Allí los tres pasaron dos años. Los yanquis, con tal de que se quedaran, les ofrecieron grandes contratos, muchos automóviles, ciudadanía honoraria y un rancho en Texas cuyas paredes íntegramente pantallas de televisión eran, pero mis hijos no aceptaron.
—Nosotros no soportamos estar lejos, Ama eta Gita, y además los yanquis no quieren ni oír hablar de la máquina del tiempo. Dicen que es una contradicción en sí misma y un peligro para el "American Way of Life".
—Pues si todos dicen que no hay que construirla, debéis construirla cuanto antes —dijo firmemente Gregoria—. Lo que haréis será construirla aquí.
—Pero necesitaremos más gente que trabaje con nosotros, y muchos instrumentos, y una computadora, y muchos libros.
—Eso puede hacerse —dije yo—. Nunca os dijimos cuán ricos somos, pero el tío Isidro nos dejó una cantidad enorme de dinero, repartida en muchos bancos de Europa. —Les dije la cantidad y ellos se santiguaron. Aránzazu comentó:
—El tío Isidro no puede haber sido todo lo honrado que un basko debe ser.
—No debes hablar así de él, pues muerto está. Y debo deciros que en su testamento pone que le alegraría que alguien de la familia averigüe de donde venimos los euskaldunas, cosa que parece nadie sabe. ¿Sirve para eso la máquina del tiempo, Xaviertxo?
—Sirve.
—Pues entonces, a construirla.
—Pero está el problema de la gente. Habrá que traer extraños, y necesitaremos algo así como un instituto científico.
—Pues el Instituto lo fundaremos nosotros. Y funcionará aquí, junto al Cantábrico. Y lo dirigirás tú, y la gente que te dé la gana traerás a trabajar contigo. Y aquí estudiarán tus hermanos más pequeños, que no tendrán así que viajar al extranjero, y con gente extraña tratar.
Fundamos el INSTITUTO DE INVESTIGACIONES DE LOS ORIGENES DE LOS BASKOS en un valle cercano a Orio, bien escondido entre las montañas y bien alejado de las carreteras, para que nadie molestase. Sobre unas ruinas muy viejas que allí había construimos un bonito edificio de piedra, grande como para que en él se albergaran y trabajaran todos los que en el proyecto de Xaviertxo intervendrían, y le agregamos una capilla y un frontón. Luego Xaviertxo, Aránzazu y Josetxo viajaron a Bilbao, y empezaron a encargar material para el trabajo científico, y a buscar gente que se les uniera en la tarea.
—Necesitamos gente muy, muy capaz, pues el problema muy difícil es. Y muy honrada. Para que no venda la máquina a quien la use para mal.
—Pues busca entre los baskos que sepan de estas cosas, ellos no te traicionarán. Y para los extranjeros, impón que hablen el euskera. El extranjero que lo aprenda muy inteligente ha de ser, y bueno además, pues Jainkoa no dejaría aprender el euskera a un malvado. El Demonio estuvo aquí siete años, y con nadie entenderse pudo.
En un plazo de dos años el Instituto empezó a funcionar. Había en él treinta físicos e ingenieros, hombres y mujeres aparte de mis hijos. De esos treinta, quince eran baskos, y el resto extranjeros: catalanes, gallegos, castellanos y un argentino de sangre baska, llamado Martín Alberdi, que siempre bromeaba y a Gregoria llamaba Dona Goya.
—Yo trabajo aquí porque ustedes me son enormemente simpáticos, Aránzazu especialmente —decía—, pero este asunto de la máquina del tiempo no puede tener éxito. Imagínese, Dona Goya, que con su máquina del tiempo uno podría viajar al pasado y matar a su abuelo. Y entonces, adiós uno, y agur máquina. ¿No ve que la idea contiene una contradicción fundamental?
—Ninguna contradicción veo, pues a ningún basko se le ocurriría a su abuelo matar, así que un basko la máquina puede construir —contestaba Gregoria.
Nuestros hijos, en cambio, había veces que no estaban tan seguros. El problema, según decían, muy difícil estaba resultando, y los cálculos eran terriblemente complicados, pese a contar con la computadora JAKINAISUGURRA ("hocico inquisitivo"), íntegramente construida en Eibar.
—Es un problema que con la lógica común no podemos manejar. Demasiadas paradojas. Otra lógica necesitamos, que aún no ha sido construida.
Un día Xaviertxo dijo que las cosas iban demasiado mal, y que no era cosa de hacer perder tanto tiempo a la gente, y que esto era derrochar la herencia del tío Isidro, y que el Instituto mejor haría en dedicarse a algo más productivo. Su madre le regañó entonces como antes nunca lo había hecho.
—Parece que basko no fueras, pues echarte atrás quieres. ¿Has olvidado que tu madre nació en Guetaria, lo mismo que Sebastián Elcano?
—Barkatu Ama (perdón madre) —dijo Xaviertxo, y volvió a escribir fórmulas. Al fin Malentxo, la más pequeña, les dio la solución, inventando la nueva lógica que necesitaban.
Entraron entonces en lo que ellos llamaban la ETAPA EXPERIMENTAL PREVIA y con unos extraños aparatos algunas cosas raras hicieron con mi boina, que a mí trucos de feria me parecieron. Sin embargo ellos excitadísimos estaban, y decían que había que empezar a verlo todo de una manera totalmente distinta, y el argentino Martín Alberdi me decía que se había producido la GRAN REVOLUCION EN LA FÍSICA, algo mucho más importante que la Relatividad, y que la Teoría Cuántica y la Bomba Atómica, y luego me llamó aparte, y con una cara de zozobra que en otro me hubiera engañado me dijo:
—Don Inaki, las grandes potencias se nos van a echar encima para arrebatarnos EL SECRETO. Y aquí no se toman medidas de seguridad. ¿Cómo es que no hay guardias? ¿No desconfían de nadie? ¿Han estudiado nuestros antecedentes?
—Mira Martín. Sólo a ti se te puede ocurrir hacer bromas sobre la honradez de sus compañeros. ¿Y de dónde has sacado que no tenemos guardias? —le señalé mis tres perros, Nere, Txuri y Beltxa, que echados al sol estaban—. Y sabes que hay otros más, perros y perras de buena raza, pescadores y pastores, y que a los baskos otra clase de guardianes no nos gustan, y a ti tampoco.
Con su carácter tan distinto, Martín trabajaba muchísimo, Xaviertxo decía que era muy, pero muy inteligente, y Aránzazu lo miraba con buenos ojos, y todos le queríamos mucho. Él solía decirme:
—Sus hijos serán superdotados, pero yo soy muy vivo.
Y pronto empezó a llamar Ama a mi mujer y Aita a mí, y luego, con su habitual falta de respeto, Ama Goya y Aitor.
Después de los experimentos con mi boina, mis hijos y sus compañeros pasaron un tiempo armando un extraño chisme metálico, lleno de lucecitas de colores. Muy bonito era, y los muchachos le llamaron PIMPILIMPAUSA (Mariposa).
—Y ahora habrá que probarlo —dijo Xaviertxo, un poco preocupado—. Alguien tiene que ir.
—Naturalmente, debes ir tú —dijo Gregoria—. Y como es natural, toda tu familia contigo irá. —Y nadie pudo discutir cosa tan justa.
En el día de San Sebastián el Padre Lartaun ofició misa en la capilla del Instituto y bendijo a PIMPILIMPAUSA, a la que Gregoria había pedido que una imagen pequeñita del Sagrado Corazón pegaran. Habíamos colocado a PIMPILIMPAUSA alejada del edificio, en el centro mismo del valle. Nos colocamos alrededor, toda la familia, incluidos los tres perros, Txuri, Beltxa y Nere. Nuestros amigos, desde el edificio del Instituto, cantaron para despedirnos:

«Agur Jaunak,
Juanak agur,
Agur ta erdi...»
(Adiós señores.
Señores adiós.
Adiós y medio...)

Xaviertxo apretó un botón rojo y la máquina zumbó. Xaviertxo dijo:
—Parece que no ha funcionado.
Desde el edificio volvieron a cantar:

«Agur Jaunak,
Jaunak agur,
Agur ta erdi...»

y vuelta a apretar el botón rojo, y nuevo zumbido, y caras cada vez más desoladas entre los jóvenes.
Después de probar dos o tres veces más, Xaviertxo dijo:
—Fracasamos.
Estuvimos un rato callados y luego Xaviertxo se echó la boina hacia atrás, rascó las cabezas de los perros y con cara triste se echó a caminar hacia las montañas. Gregoria dijo que mejor era dejarle solo, y que al día siguiente discutiríamos si convenía revisar a PIMPILIMPAUSA para ver por qué habla fallado o empezar directamente a fabricar otra máquina. Los tres perros por esta vez no hicieron caso de lo que Gregoria decía y detrás de Xaviertxo se marcharon.
Nadie habló cuando al Instituto regresamos. Xaviertxo no volvió en toda la noche, y los tres perros tampoco, y en el Instituto nadie durmió. Amaneció, y pasaron unas dos horas desde el amanecer, y de repente oímos en la montaña el Irrintzi (grito de júbilo o de guerra), y oímos los ladridos de Nere, Txuri y Beltxa, y vimos que los perros a todo correr bajaban la montaña, y detrás de ellos, a grandes saltos, Xaviertxo, y con él otro hombre, con traza de basko también. Y llega Xaviertxo y dice:
—Lo que ha pasado es que el radio de acción mucho mayor que lo previsto ha sido. Me eché a caminar, y crucé los montes, y con este pescador me encontré en la playa. Él me vio la boina echada hacia atrás y me ofreció ayuda para lo que necesitara. Comenzamos a charlar, y como ocurre siempre, empezamos a hablar mal del gobierno central, y de lo poco que respeta los Fueros. Y él me dice que lo peor son los flamencos que se ha traído consigo Don Carlos. Y yo casi pierdo el sentido y le pregunto la fecha. Y hoy estamos a 7 de julio de 1524. Lo que ocurre es que nos hemos venido al pasado todos, con el Instituto, con todo lo que hay en el valle.
—Diría que esto cosa del Diablo es, si en Euskera no hablárais. Además, si Sebastián Elcano, el de Guetaria, dio la vuelta entera sin caerse, habrá que pensar que cualquier cosa es posible —dijo el pescador.
Martín, con cara preocupada, llamó aparte a Xaviertxo para decirle:
—Hermano, tené cuidado, que me parece que este tipo te está metiendo el perro.
Fue muy difícil convencerle, pese a que cuando las pruebas en el laboratorio había estado tan seguro, y sólo aceptó la verdad después de ver, desde lo alto de un monte, con sus prismáticos, dos carabelas que al puerto de San Sebastián se acercaban; después de comprobar que la carretera de San Sebastián a Guetaria había desaparecido y después de visitar Guetaria y no hallar la estatua de Sebastián Elcano, pero hallar en cambio sí a Sebastián Elcano.
—Lo que me sorprende, Doña Goya —decía después Martín en la comilona que dimos en el Instituto, mientras se servía sardinas asadas y sidra, es que con estas ropas baskas del siglo veinte, y este idioma euskera que hablamos, no llamemos la atención en el siglo dieciséis. ¿Es posible que en cuatro siglos los baskos no hubieran cambiado nada?
—Un pueblo que no evoluciona. Grave, grave —decían los demás extranjeros, saboreando el bacalao y las angulas al pil pil.
—¿No les decía yo? —continuaba Martín—. En las provincias vascongadas los neolíticos son llamados nuevaoleros, y son muy mal vistos. —Y todos reían.
Muchas bromas hicieron, y mucho comimos y bebimos, y bailamos la ezpatadantza, y aurreskos y zortzikos, aunque tuvimos que llamar al orden a Martín, que se había unido a nuestro grupo de txistularis (de «txistu», silbo, silbato; quienes ejecutan música con txistu) y cada tanto el ritmo cambiaba y tocaba cosas que de baskas nada tenían. Y después nos reunimos para decidir qué haríamos.
—Pues saltar de nuevo atrás dijo Gregoria, pues muy lejos del origen aún estamos.
Pasó la noche del 7 al 8 de julio de 1524, y al amanecer todos, incluido el pescador que había dado a Xaviertxo la buena nueva, nos preparamos para dar otro salto al pasado. El Padre Lartaun mucha preocupación tenía.
—Es que, sabéis, nuestros antepasados mucho en convertirse tardaron. Natural es, pues somos un pueblo terco. El próximo salto nos ha de llevar a tierra de paganos.
PIMPILIMPAUSA funcionó de nuevo. Esta vez se hicieron muchos cálculos y dijeron que iríamos al siglo octavo, y allí fuimos. El valle no había cambiado, pero cuando nos movimos, ya no estaban ni Guetaria, ni San Sebastián, ni el castillo sobre el Monte Urgull. Pero las barcas de pesca en el Cantábrico eran las mismas, y en todas había perros blancos, negros o de pelo áspero, color castaño, muy parecidos a Txuri, Beltxa y Nere. A nadie llamábamos la atención cuando con otros baskos por los caminos nos cruzábamos. Alguna vez nos preguntaban, en un euskera igual al nuestro, si por ahí habíamos visto alguna partida de godos. Más o menos la mitad de los baskos que encontrábamos eran cristianos.
—En cuanto a los demás decía el Padre Lartaun, dicen que la nueva religión buena es, pero que cambiar la religión de los padres es cosa mala. Hice mal en llamarles paganos, pues siguen la religión natural...
—¿Y usted no les predica, Padre?
—¿Predicarles? Bueno, algo intenté, pero ya sabéis que conseguir que un basko cambie de idea es algo muy, pero muy difícil...
Un grupo de caminantes pasó, y a comer en su caserío fuimos invitados. Avergonzados estábamos por no poderles decir de dónde (de cuándo) veníamos. Hasta el Padre Lartaun estaba de acuerdo en que la verdad parecería cosa demasiado extraña, cosa del Diablo, o del Basajaun (el Señor del bosque, en la mitología de la tierra baska). Había que mentir, diciendo que éramos baskos del otro lado de las montañas, y a ningún basko le agrada mentir. Aceptamos la hospitalidad, comimos y bebimos (angulas, tocino con habichuelas rojas, queso y sidra), bailamos aurreskos, cantamos, agradecimos y nos despedimos con el Agur. Y otro salto dimos enseguida, muy avergonzados por haber mentido. El Padre Lartaun estaba ahora preocupadísimo.
—¿Es que no os dais cuenta? Vamos ahora a una época en la que todavía el Salvador no habrá venido.
Allá fuimos. Y en lo que se veía el cambio no era mucho. Casas y pueblos eran casi todos los mismos que habíamos dejado. Se bailaba, se cantaba y se comía lo mismo, y todos nos entendíamos perfectamente, en un euskera sin traza de cambio alguno. Claro que la cruz faltaba, y el Padre Lartaun estaba siempre preocupado.
—Es que mi deber seria predicar a los paganos. ¿Y cómo voy a predicar, si Cristo todavía no nació?
—Si no puede predicar, profetice Padre —le dijimos—. No habrá profecías más seguras que las suyas —le dijo, riendo, Martín, que por otro lado estaba escandalizado de encontrar baskos iguales a lo que los baskos siempre serían.
Nuevamente aceptamos la hospitalidad de la gente, con mucha vergüenza por mentir acerca del lugar y el tiempo de los que veníamos. Comimos angulas y sardinas asadas, y tocino con habichuelas rojas, y todos nos preguntaban si no habíamos visto a esas gentes del Sur, que estaban cruzando las montañas con aquellos monstruos de largas narices. El Padre Lartaun contó algo sobre Asdrubal, Aníbal y su familia, y todos le miraron con gran respeto. Martín empezó a contar unos chismes sacados de un libro de esos que no deben ser leídos, llamado «Salambó», pero Xaviertxo no le dejó continuar, diciéndole:
—Los baskos amigos fueron, según la historia, de los cartagineses. Alterarías la historia si los convencieras de que los cartagineses eran, son, unos degenerados.
Y como alterar la historia es grave responsabilidad , Martín no siguió hablando.
Volvimos a saltar al pasado, ahora mucho más atrás, y sin embargo todo era muy parecido a lo que habíamos dejado, sólo que había menos caseríos, y muchas gentes entraban y salían de las cuevas de las montañas, y muchos vivían en ellas. Ya no nos sorprendía que todos fueran tan parecidos a nosotros, ni que nuestro idioma fuera el de ellos.
Trepamos hasta la gruta de Orio, y entramos en ella, mientras decía Martín:
—Hoy está de moda ser espeleólogo. Va a tener que pasar una punta de miles de años para que la moda vuelva.
Luego decía, mirando aquellas pinturas:
—Quizá con el próximo salto podamos conocer al artista que decoró esta cueva.
Nos hicimos amigos de los pescadores y en sus barcas salimos al mar, con Nere, Txuri y Beltxa, que mostraron su habilidad en la pesca del bonito. El Cantábrico estaba mucho más poblado, y hasta vi grandes cachalotes cerca de la isla de Santa Clara.
Tuvimos una reunión y Xaviertxo, muy preocupado, nos advirtió:
—Debemos decidir ahora. PIMPILIMPAUSA frágil es, y un nuevo salto la arruinará. ¿Volvemos a nuestro tiempo, o seguimos hacia el pasado para enterarnos, en definitiva, de cuál fue nuestro origen?
—Esto es cosa para votar, y debe ser votada —dijo Gregoria. Y trajo habas blancas y negras y tomó mi boina . El que esté por volver, eche una haba negra. El que esté por seguir, eche una haba blanca.
Así se hizo, y al volcar mi boina sólo habas blancas cayeron.
Dimos el salto. Y lo dimos para no hallar traza de ser humano en estas tierras. Entre hielo y nieve trepamos a la gruta de Orio, y en ella no había pintura alguna. Y PIMPILIMPAUSA no funcionó más.
De todo eso han pasado algunos años. Desde entonces muy contentos hemos vivido. No importa el frío, que es mucho, pues tenemos buen abrigo y trabajamos duro, y para el alimento ahí está el Cantábrico, libre de hielo y con pesca tan abundante. Mis hijos y sus amigos se lanzan al mar, a sacar peces y cazar cachalotes y ballenas, acompañados de Nere, Txuri y Beltxa y otros muchos perros, hijos y nietos de los tres perros pescadores. Van en barcas iguales a las de siempre, que ellos han construido con madera acopiada aquí antes del último salto. Y llegan muy lejos.
Todos estamos a gusto. Claro que nos preocupa que falte tanto tiempo para la fundación de la Santa Madre Iglesia, sobre todo porque como el Padre Lartaun no es obispo, no puede ordenar a nadie. Jainkoarieskerrak, el buen cura está muy fuerte, y tendremos para rato religión como la de nuestros padres. Para después habrá que confiar en la providencia.
Se han formado ya algunas familias. Aránzaza y Martín se casaron y tienen una hijita. A la niña le encanta dibujar y constantemente lo hace sobre las paredes de la gruta de Orio, donde vive con sus padres.
Estamos muy contentos, porque vivimos, en lo esencial, como hemos vivido siempre. Y muy conformes, pues PIMPILIMPAUSA cumplió su cometido y sabemos al fin quienes dieron-dimos-daremos (lío este difícil hasta para Jainkoa) origen a los baskos. Nosotros y los nuestros: gu ta gutarrak.